Esta mañana he recogido la bici de casa de mi madre. La he llevado hasta la esquina de San Vicente de Paul andando para no molestar, en lugar de montarme en la misma puerta como hago normalmente.He recorrido una parte de mi camino por la carretera sin nigún problema. La aventura empieza cuando alcanzo el carril bici.
Y es que el carril bici en Triana no solo tiene árboles a modo de mediana. Sino que además está lleno de personas que se sienten más ecologistas usando el carril bici (pero dejan sus bicis en casa). También de marujas que entienden que en los pasos de cebras puedes parar a charlar tranquilamente, y si les timbras te gritan que están en su derecho de pararse en el paso de peatones. (que prueben a hacerlo en la carretera, a ver qué tal les va). Otra modalidad es el barrendero que deja el carro en medio del carril bici, los coches en aparcamientos improvisados y los chavales del instituto que a falta de zonas verdes se reunen en torno al carril, no entiendo muy bien a qué.
Hoy, por si ya esto fuera poca aventura, al llegar a la altura de los remedios había un camión de Lipasam en cada paso de petones con un regalito! Un montón de operarios distraidos con fuiosas mangueras de agua y zotal en sus manos con las que regar a ciclistas, peatones, motos o cualquiera que apareciera en su perímetro.
Después de todo esto he llegado a mi casa enfada, oliendo a zotal y convencida de que el carril bici en Triana va a ser tierra sin ley para siempre.


